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Junto a su esposa Adriana, administraban un negocio con un sueño claro: expandirse. Sin embargo, no tenían ni los recursos ni un plan concreto para hacerlo. Todo cambió cuando recibieron una palabra que los desafiaba a abrir nuevas sucursales, incluyendo una en Xela, dentro del mismo año.
Aunque parecía imposible, decidieron obedecer. Comenzaron a buscar locales y, tras múltiples rechazos, encontraron un lugar donde, inesperadamente, les dijeron que los estaban esperando y que podían adaptarse a su presupuesto.
Confiaban en la venta de una casa para financiar el proyecto, pero el dinero nunca llegó a tiempo. Aun así, decidieron avanzar. En medio de la incertidumbre, empezaron a ver algo diferente: proveedores que ofrecían crédito, apoyo inesperado en el diseño del local y condiciones que no eran comunes en el negocio.
Más allá de los números, lo que marcó el proceso fue la paz. En cada dificultad, oraban y confiaban, viendo cómo cada paso se iba resolviendo de manera inesperada.
Finalmente, lograron abrir la tienda sin haber contado con el dinero inicial. Para ellos, no fue una coincidencia, sino el resultado de obedecer en medio de la incertidumbre.
Hoy ven su historia como un recordatorio de que, aunque obedecer a Dios puede ser desafiante, también abre puertas y guía cada proceso hacia un propósito mayor.